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Cortando la Grama de una Mujer cuyo
Nombre se me ha Olvidado
Un verano cuando tenía quince años,
aprendí a hacer todo con la zurda, y
el nuevo mundo se levantó
de desequilibrio: las curvas lentas de las pelotas
de béisbol se cuelgan como manzanas, cartas
o garabatos a amigas proclamando mi nueva pasión,
como el CIA honraría un hombre de talentos
ambidiestros. Contra el buzón de correo pintado
con margaritas, ella sonrió; De blusa blanca,
zapatos de tenis tan frescos como una pelota
de béisbol, pintura de labios rojos
y con pendientes de aros pequeños.
La grama, en ese verano, la cortaba:
muscular y de textura como agua de río,
forma y continuidad que guiaba el “Briggs & Stratton”
sobre la pereza verde con una ternura masculina
que podía peinar el cabello de una niña cerrando
los ojos para ser besada. Ella era zurda, también
de cabello negro, cuyo esposo vendía seguros
de vida por todo el país- ido los lunes y en casa
de regreso los viernes. Su casa era inmaculada.
Me pidió que le cortara la grama una vez a la
semana. Pudo haber sido amor, pero era una
curiosa infatuación, y necesitaba el dinero.
En los días de semanas circulares, yo regresaba
con más frecuencia para terminar trabajos que a
propósito había dejado sin terminar- recortar el seto,
barrer el pasaje o lavarle el carro. Cada tarde,
acariciaba el sujetador largo de metal por su superficie
pasando insectos y grama encima de la cerca hacia el
jardín de los vecinos, mientras ella leía novelas y me
miraba crujiendo alrededor en mis tenis mojados. Luego,
cuando yo saltaba adentro para refrescarme,
me mostraba como mis manos en movimiento
con su cuerpo hacia pequeñas muertes, puños
apretados, y el calor de la ducha. Ella deseaba
intimidad, algo que no había encontrado en mucho
tiempo. Ella quería ser una bailarina, una doctora,
una cantante. Ella creció entre la brisa y el fresco del campo,
y conoció a su esposo en Bakersfield en una empolvada pista
de aterrizaje de aeropuerto. Me molesta que haya olvidado
su nombre, una falta de sensibilidad igual que el mentir y mudarse
sin decir adiós. Cuando ella tenía cinco, su hermana
menor murió, y su mamá, días mas tarde, consiguió
huellas de su hermanita en la tierra del jardín de
al frente y construyó algo encima para que
el viento, al soplar, no las borrara.
Mowing the Yard of a Woman Whose Name I Have Forgotten
The summer I was fifteen
I learned how to do everything
left-handed. A new world rose
from the unbalanced: slow curve balls
hung like apples, letters
scribbled to friends proclaimed my new passion,
how the CIA would honor a man
with ambidextrous talents. Against
the mailbox with painted daisies, she stood
smiling, white blouse, tennis shoes
fresh as a baseball, red stitching
lipstick and small hoop earrings.
I mowed lawns that summer, muscular
and textured like river water, form
and continuity guiding
the Briggs & Stratton
over the green laziness,
a tender masculinity that could brush
back a young girl’s hair
as she closed her eyes to be kissed.
She was left-handed, too, a brunette
whose husband sold life insurance
across the country, out on Monday, home
by Friday. Her house was immaculate.
She asked me to cut her lawn
once a week. It could have been love,
but it was more like a curious infatuation,
and I needed the money.
In the circular weeks I came back
more often to finish the jobs I had purposefully left
unfinished – trimming the hedges, sweeping
the walkway, or washing her car.
Each afternoon I stroked
the long metal catcher over the surface,
swooshing bugs and grass over the fence
into her neighbor’s yard
while she read novels and watched me
squeak around in my wet tennis shoes.
Afterwards, when I jumped in to cool off,
she showed me how my hands
in motion with her body
brought about little deaths,
clenched fists, and warmth from shower water.
She desired closeness,
something
she had not known in some time.
She wanted to be a dancer, a doctor, a singer.
She grew up in the breeze
and freshness of the country,
met her husband in Bakersfield
at a dusty airport landing strip.
It bothers me that I have forgotten her
name, an insensitivity equal to lying
and moving away
without saying good-bye. When she
was five, her younger sister died,
and her mother, some days later,
found her sister’s footprints in the dirt
in the front yard and built (something)
over them to keep the wind from blowing them away.
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